“Es como confesar un crimen”

Charles Darwin

Charles Darwin

Un científico nunca debe dejar de sorprender. Incluso, y más aún, muerto. Este es el caso de Charles Darwin, del que ya escribí un artículo anterior comentando (si es que hacía falta) su capacidad de síntesis de toda su idea en un solo garabato.

En la Feria del Libro de Madrid de este año, todo está dedicado a la ciencia. Por fin alguien se da cuenta de que también es cultura y la tratan como tal: un buen comienzo para no seguirla dejando relegada a las estanterías más profundas de las librerías.

En el discurso de inauguración expuso una interesante conferencia el historiador de la ciencia José Manuel Sánchez Ron, en el que hace una lista de los libros más importantes de la Historia de la Ciencia. Algunos de la lista son, cómo no, El Origen de las Especies de Charles Darwin, Principios de Geología de Charles Lyell (que tanto influyó en él) y el Origen de los Continentes y Océanos de Alfred Wegener, que podría haber servido a Darwin para comprender más de un detalle que le quedó sin explicar.

Sánchez Ron tiene un imprescindible libro, sobre todo para los que pensamos que la ciencia hay que aprenderla y entenderla con su historia, titulado Como al león por sus garras, que incluye una estupenda antología de extractos de esas obras imprescindibles de la ciencia de su conferencia y de muchas más. Repasando el libro a raíz de la lectura de la reseña de esa conferencia, encuentro un retazo de una carta que Darwin escribió en enero de 1844 (quince años antes de la publicación de su obra principal) al eminente botánico, también británico, Joseph Dalton Hooker, que no me resisto a transcribir:

Me impresionó tanto la distribución de los organismos de las Galápagos etc., etc., y teniendo en cuenta el carácter de los mamíferos fósiles de América, etc., etc., que decidí reunir a ciegas toda suerte de hechos que pudieran relacionarse de cualquier manera con qué sean especies. He leído montones de libros de agricultura y horticultura, y no he parado de recoger datos. Por fin, han surgido destellos de luz, y estoy casi convencido (totalmente en contra de la opinión de la que partí) de que las especies no son (es como confesar un crimen) inmutables. El cielo me libre del disparate de Lamarck de “una tendencia al progreso”, de las “adaptaciones debidas a la paulatina inclinación de los animales”, etc.

Hay más párrafos, pero este me parece que ilustra a la perfección lo clara que tenía ya su idea principal y deja a la vista lo que para algunos es un enigma: ¿por qué tardó aún quince años en publicar El Origen de las Especies?

¿Sorprende o no?

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