Una breve historia de casi todo

Kelvin nunca aceptó los resultados de Rutherford sobre la radiactividad, que llegó a ser una panacea hasta el extremo de llegarse a utilizar torio como aditivo en los dentríficos; Einstein argumentó, en tono incluso jocoso, contra la teoría de la tectónica de placas; un microorganismo anodino descubierto en lagos extremos en Yellowstone, Thermophilus aquaticus, pasó a ser objeto de un Nobel décadas después, por el uso de sus enzimas en la PCR; J. B. S. Haldane, que nunca se tituló en nada relacionado con las ciencias (sí lo hizo en lenguas clásicas), descubrió casi todo lo que sabemos (con técnicas casi homicidas y suicidas, dicho sea de paso) sobre la fisiología del buceo y fue uno de los autores de la teoría sintética de la evolución; Thomas Midgley, inventor de dos de los productos más perniciosos para el planeta, los aditivos a base de plomo para las gasolinas y los CFC, se murió enrrollado en las poleas que él mismo inventó para levantarse de la cama, tras padecer las consecuencias de la polio; desde 1960, cuando Jacques Piccard y Don Walsh, descendieron en cuatro horas hasta la Fosa de las Marianas casi once kilómetros, nadie más lo ha vuelto a hacer … y más.

La cantidad de datos curiosos, que tanto faltan en los libros divulgativos, y que tanto contribuyen a dar una visión más humana de la ciencia, es brillante en el libro “Una breve historia de casi todo” de Bill Bryson. Ya sé que la primera edición en español data de hace unos años, pero he tenido la suerte de hacerme con la edición ilustrada, más reciente, que es todo un lujo.

El que quiera disfrutar leyendo, aprendiendo, asombrándose, maravillándose y sonriendo mucho, debería hacerse con este manual para todos de la ciencia básica. No puedo imaginar que este libro no se haya hecho antes, como cuando muchos de nosotros estudiábamos nuestra secundaria, pero más vale tarde que nunca.

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