Diseño sin diseñador

Acaba de salir al mercado (hará un par de meses) un libro con un paradógico título, Darwin y el diseño inteligente, de Francisco J. Ayala, biólogo de sobra conocido por todos. En él se hace un repaso a los conceptos más importante en biología evolutiva y a los argumentos más destacados del conocido como diseño inteligente.

La primera frase del libro ya nos orienta hacia lo que vamos a leer: “El mensaje central de este libro es que no hay contrdicción necesaria entre la ciencia y las creencias religiosas”. Así, los primeros capítulos son casi exclusivamente de filosofía teológica, en los que el autor intenta demostrar, mediante citas procedentes de papas y filósofos, como San Agustín, que la supuesta literalidad bíblica no es incompatible con la racionalidad científica. Por ejemplo, San Agustín dice: “Si sucede que la autoridad de las Sagradas Escrituras parace oponerse a conocimientos obtenidos por un razonamiento claro y seguro, significa que la persona que interpreta las Escrituras no las comprende correctamente”.

De otras declaraciones no tan tajantes y claras de la curia católica no se hace tanta mención, como las del arzobispo de Viena o las de otros allegados a esa fe.

Francisco J. Ayala

Más adelante, nos cuenta el origen del concepto de diseño inteligente, procedente de William Paley. Ayala le reconoce un profundo conocimiento del funcionamiento de la naturaleza y de su diversidad, y concluye, al menos en lo que yo entiendo, que es hasta explicable que Paley hubiera deducido, casi inevitablemente, que la estructuras complejas debieron haber sido diseñadas por una divinidad.

Los problemas más serios de Paley fueron los órganos o estructuras sin función aparente y las imperfecciones en el diseño. Ni una ni otra serían cuestiones insalvables. En palabras de Ayala, para Paley resultaría que “en algunos casos, el funcionamiento, en otros el uso, se desconocen”.

Darwin conocía de sobra los escritos de Paley, pues eran de obligado estudio en Cambridge. En su autobiografía admite que “que en aquella época no me preocupé por las premisas de Paley; y aceptándolas a ojos cerrados, estaba encantado y convencido por la larga línea de la argumentación”. Pero Darwin embarcó en el Beagle y todo cambió.

La selección natural darwiniana es la causa (al menos, una de ellas y la más aceptada) de que el diseño no sea producido por un diseñador. Ayala dedica una capítulo a explicar este concepto, a dar muchos ejemplos y evidencias y a argumentar por qué el diseño inteligente no es una explicación satisfactoria para la diversidad de la vida.

Tras los capítulos dedicados a las pruebas clásicas de la evolución y a la evolución molecular (¡cómo me recuerda el índice de este texto a la Web de Evolutionibus!), llegamos a las partes dedicadas estrictamente a la relación entre evolución y religión. Para Ayala, “a los creyentes se les quitó un gran peso de los hombros cuando se aportaron pruebas convincentes de que el diseño de los organismos no necesita ser atribuido a la agencia inmediata de un Creador, sino que es el resultado de procesos naturales”.

Personalmente, y respetando hasta cierto punto lo que Ayala pretende demostrar, me resulta bastante difícil comprender cómo se pueden conciliar estas posturas. El autor del primer párrafo introducido en el anterior artículo de este blog, Ayala, también dice que la ciencia tiene poco que decir con respecto a cuestiones como el valor de la vida y de las cosas. A mi esto no me satisface, pues, como otros autores, no veo por qué la religión y la filosofía han de tener el patrimonio de las ideas, ya que la ciencia y la racionalidad, al explicarnos la naturaleza, con todas los huecos no comprendidos que nos pueda dejar, nos hace ver en su justa medida su valor y el porqué debemos respetarla, con todas las implicaciones filosóficas que ello conlleva.

El segundo libro que estaba terminando cuando redactaba esa anterior historia, es también de divulgación, aunque no científica, por más que pretenda serlo. Se trata de Juicio a Darwin, de Phillip E. Johnson, uno de los mayores “ideólogos” del diseño inteligente (DI a partir de ahora). Tras su declaración de principios inicial, recogida en el segundo párrafo de la anterior historia: “Un último asunto al que debo referirme antes de empezar es mi visión religiosa personal (…). Creo que existe un Dios que pudo crear de la nada si así quiso hacerlo, pero que también haber optado por obrar mediante un proceso evolutivo natural”, el libro hace un recorrido por casi los mismos puntos que el de Ayala, pero vueltos del revés, con gran cantidad de citas de Darwin, de Gould (un tipo muy fácil de ser usado por los partidarios del DI) y de T. H. Huxley, sobre todo. Algunos datos más modernos se pueden encontrar, pero son bastante escasos.

Phillip E. Johnson

Utilizando el saltacionismo de Gould para explicar los problemas de la macroevolución, pasa directamente a concluir que “si el darwinismo está plagado de problemas, y si dentro del marco de la evolución no hay una alternativa razonable, ¿por qué no evaluar de nuevo ese marco?”. Dicho de otro modo, si bien Johnson no se muestra en contra de la evolución, utiliza el anterior párrafo para introducirnos en un capítulo que titula “El hecho de la evolución“, donde se dedica continuamente a argumentar que no es partidario de la evolución como hecho en absoluto.

Para él, por ejemplo, la sistemática es casi una religión, pues existen tantos descuerdos como en esta última. No explica, sin embargo, que para clasificar a un organismo debe existir un consenso, el cual incluye publicación en revistas revisadas por pares, discusiones en congresos y, lo más importante, aporte de pruebas que apoyen el lugar taxonómico en el que se pretende situar al organismo en cuestión. No es lo mismo que la religión.

Los problemas de la teoría de la evolución (que, finalmente, no admite como hecho) son tan difícilmente observables como las acciones de un ser sobrenatural. Para él, las pruebas de la evolución, los datos de diverso tipo que, cruzados y contrastados, sugieren y apoyan el hecho de la evolución, no son tales, sino sólo procesos en los que se implican exclusivamente pequeños cambios en especies perfectamente establecidas. Aunque no se dice claramente, la idea general que subyace en todo esto es que los tipos fundamentales ya habrían sido puestos por ese ser sobrenatural (por supuesto, el Dios de los católicos) y que lo que resta en este mundo son sólo pequeñas variaciones. Puede uno imaginarse a un dios creando por aquí y por allá nuevas especies, siempre lejos del hombre, no fuera a ser que fuera visto in fraganti. La evolución, por tanto, sería “una imaginativa narración (…) lo cual es decir que se trata de un mito de la creación”. Los darwinistas, siempre según Johnson, tratan la evolución como algo que hay que aprender y no que comprender o discutir.

Y así, sin aportar prueba científica alguna o investigación que sirva de apoyo, transcurre todo esta manual del DI, hasta llegar a la conclusión final de que el darwinismo (que él usa como sinónimo de teoría de la evolución) es una pseudociencia. ¿Desde cuándo? Según Johnson, desde el centenario de la publicación de El Origen de las Especies, en 1959, en el que Julian Huxley afirmó que todo estaba sujeto a evolución y que se había eliminado por completo la necesidad de un ser sobrenatural. Sin más.

Curiosamente, el tipo de argumentos de Johnson hacia la teoría de la evolución, sin base científica ni empírica alguna, son del mismo tipo que las de la astrología o los apólogos de los fenómenos paranormales, en los que, simplemente, se introduce en los huecos no explicados por la ciencia (cuando hubiere, en todo caso, algo que explicar) la existencia de fenómenos sobrenaturales. A largo plazo, esto llevaría a una parálisis total de la actividad de la ciencia, pues, en el momento en el que algo no fuera explicable, se atribuiría su causa a lo sobrenatural y se dejaría de investigar, como muy bien entendió el juez John E. Jones III en el famoso juicio de Dover. Recomiendo aquí hacerse con el artículo titulado Test científico a la teoría del diseño inteligente: la sentencia Kitzmiller et al. vs. el Distrito Escolar de Dover escrito por Vicente Manuel Claramonte Sanz y disponible en la web de la SESBE en el número 2 de la revista eVOLUCIÓN. Allí se puede leer parte de la sentencia, con una argumentación de una claridad y sentido común que dan envidia:

(…) dictaminamos que el diseño inteligente no es ciencia y que no puede ser considerada una teoría científica válida y aceptable, pues ha fracasado en ser difundida en publicaciones contrastadas, en ajustarse a la investigación y la verificación, y en ganar la aceptación de la comunidad científica.

PS.: Para mayor claridad, definitivamente, los párrafos 1 y 2 del anterior artículo corresponden, respectivamente, a Ayala y a Johnson.

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