Recurrencia: la ciencia como parte de la cultura

En el siglo XVII, el llamado de la revolución científica, a personajes como Newton o Kepler se les llamaba filósofos naturales, puesto que ejercían la filosofía, que según la RAE es el “conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano.”

Sin embargo, justo a partir de esa época, dada la especialización y las evidentes diferencias entre los métodos “filosófico” y científico, a estos filósofos naturales se les pasó a denominar científicos, separándolos directamente de lo que se entendía por filosofía, aunque también tratasen de dar una explicación a la naturaleza utiliza, si bien por caminos diferentes.

En el siglo XIX la fractura existente entre ambos mundos, el filosófico y el científico, era irreconciliable, y a principios del XX, simplemente, la cultura pertenecía exclusivamente al mundo de las letras por extensión, siendo la ciencia una cuestión de unos pocos.

Así las cosas, los literatos se apropiaron de la cultura (y, por extensión, el término intelectual también), era suya en exclusiva, como ya certificaba C. P. Snow (científico y novelista) en una conferencia en Cambridge en 1959. Allí fundaba el concepto de las dos culturas, el científico y el humanista, que se habían ido separando irreconciliablemente. Algo más adelante, en 1963, publicó la misma conferencia corregida, y allí apareció el término tercera cultura, que debería de servir de puente entre las dos primeras.

En la misma línea de Snow, John Brockman publica en 1991 un libro titulado “La Tercera Cultura” (publicado en Metatemas y disponible en la web) en el que ahonda más en la cuestión. A partir de los años ochenta se observa un interesante fenómeno: los científicos toman al asalto la primera cultura y comienzan a escribir libros directamente dedicados al público en general. Autores como Carl Sagan (y antes, Einstein y otros) escriben obras que se convierten en best sellers y cuya temática es la ciencia, algo impensable hasta ese momento.

Cuenta Brockman en una entrevista para el programa REDES de TVE que en esa época, la polarización se daba entre literatos y científicos (en NuevaYork). Los literatos carecían por completo de conocimientos científicos y se vanagloriaban de ello. Ridiculizaban a los científicos y veían sus obras con auténtico desdén. Según el mismo Brockman, el caso contrario no solía ocurrir: ningún científico podía presumir de no haber leído a Shakespeare. Sin embargo, el mundo del artista siempre era más abierto y cercano al científico, y a través de ellos se produjo esa conexión.

En palabras textuales de Brokman, “la tercera cultura consiste en aquellos científicos y otros pensadores del mundo empírico que, a través de su trabajo y de sus escritos expositivos, ocupan el lugar de los intelectuales tradicionales al hacer visibles los significados más profundos de nuestra vida y redefinir quién y qué somos”. También añade esto otro en un ensayo del 92: “Una educación de la década de 1950 en Freud, Marx y el modernismo no es una cualificación suficiente para un pensador de la de 1990. De hecho, los intelectuales estadounidenses tradicionales son, en cierto sentido, cada vez más reaccionarios, y orgullosamente (y perversamente) ajenos a muchos de los logros intelectuales verdaderamente importantes de nuestro tiempo. Su cultura, que desdeña la ciencia, a menudo no es empírica. Utiliza su propia jerga y lava sus propios trapos sucios. Se caracteriza fundamentalmente por el comentario sobre comentarios, la fuerte espiral de observaciones que acaba llegando a un punto en el que se pierde el mundo real” Es justo el terreno abonado para la difusión de todo lo relacionado con las pseudociencias.

Precisamente, harto de que los intelectuales corrompieran el lenguaje científico, lo tergiversaran y crearan con él un engendro ininteligible, Alan Sokal provocó un terremoto en el mundo de la cultura el año 1996. Sokal, físico teórico francés, se familiarizó hasta el extremo con esa jerga intelectualoide y escribió un artículo que sepodría traducir por Transgrediendo los límites: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica (sic). Se lo publicaron en un número especial de una revista bastante reputada en ese entorno. El artículo recreaba todas las críticas y tópicos acerca de la ciencia que circulaban por entonces (y aún hoy), y fue santificada por el directo con la frase “un intento serio de un científico profesional de buscar a partir de la filosofía posmoderna afirmaciones útiles para los desarrollos de su especialidad”. La historia iba especialmente dirigida a una especie de izquierda intelectual postmoderna (probablemente la misma que aún existe hoy y que avala desde las esferas más altas la subvención pública de falsas medicinas).

Un año más tarde, Sokal y Jean Bricmont publican el famoso libro Imposturas Intelectuales (está en Paidós). En él explican el objeto de la burla y plantean un debate sobre el significado de las dos culturas. En palabras de ellos mismos, “confundir la hostilidad a la injusticia y a la opresión, con la hostilidad a la ciencia y a la racionalidad es un sinsentido”.

La situación actual es relativamente menos hostil que hace una década. La literatura científica es, de hecho, parte del mundo cultural, por más que siga estableciéndose la dicotomía en muchos medios de comunicación “Ciencia y cultura”.

Los libros de divulgación científica han alcanzado una gran diversidad de títulos y difusión. Desde Carl Sagan e Isaac Asimov (a los cuales muchos debemos el interés por la ciencia) el número de autores empeñados en abrir al mundo los entresijos de la ciencia es enorme: Stephen Jay Gould, Richard Dawkins, Stephen Hawking, Bill Bryson, Paul Davies, Manuel Toharia, Martin Gardner, Jorge Wagensberg, James Watson, Juan Luis Arsuaga, Oliver Sacks, José Manuel Sánchez Ron (atención a su último libro con Mingote) y un largo etcétera.

Todos ellos, por increíble que parezca, se proponen dar una visión humana de la Naturaleza desde el punto de vista de la ciencia, enfrentándose a un mundo que, por increíble que parezca dada su dependencia de ella, aún la teme.

Nota: Artículo publicado en el número de Junio de la revista MASSCULTURA.

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13 comentarios

  • Me falta el señor Punset.

  • Pingback: La ciencia como parte de la cultura

  • Hola. Bitácora Naturae ha considerado tú blog para el PREMIO BRILLANTE WEBLOG 2008. Enhorabuena.

    Si quieres recogerlo pasa por:

    http://bitacoranaturae.blogspot.com/2008/06/premio-brillante-weblog-2008.html

    Un saludo.

  • Me alegra ver este tipo de iniciativas tratando de incluir al mundo científico dentro del ámbito de la cultura. Mientras no reivindiquemos esa posición de las ciencias no conseguremos cambios en la inversión y la concienciación de que la ciencia es útil (y , si nos lo proponemos, bonita y divertida). A fin de cuentas, los políticos no son otra cosa que gente normal que sigue considerando que es un sacrilegio no conocer a Proust pero que en cuanto les preguntas cualquier cosa sencillita de ciencias recurren a aquello de “es que yo soy de letras”. Hay que acabar con esa maldita frase.

  • El uso genérico del término “filosofía” como “conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales etc. etc.” (RAE) es más abusivo que inocente.
    Recordemos el origen griego del término, ese grandilocuente “amor a la sabiduría”, que era más bien un método de elucubración basado en la inducción máxima directa y contaminado desde su origen por los mitos supersticiosos, religiosos y clasistas de aquella sociedad.
    Recordemos que el emperador Justiniano cerró todas las escuelas de filosofía en el S. VI por considerarlas reductos de la vieja religión pagana.
    Recordemos que, en el S. XIII, Tomás de Aquino y otros resucitaron la vieja filosofía con una intención tramposa: “justificar” los dogmas cristianos a través de la “razón”. Aquino no quería que la filosofía le llevase al conocimiento; él ya lo tenía, ya sabía las conclusiones (reveladas) y sólo buscaba las justificaciones.
    Recordemos que, tras él, se recuperaron los viejos textos (reinterpretados) y se multiplicaron las cátedras de filosofía y teología.
    Recordemos que el desarrollo del método científico (desde Galileo y Bacon) evidenció que la filosofía era un callejón sin salida en la historia del pensamiento humano, aunque sigue jugando un papel importante en el mundo académico, esencialmente por dos razones: por los intereses creados en miles de cátedras y por el interés de las religiones cristianas en mantener la ficción de “la razón demuestra los dogmas”.
    El “conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional…etc.” no se llama hoy filosofía sino ciencia. La filosofía es una mera rémora histórica.

  • FXavier, hay que tener arrestos para decir lo que dices y comparto gran parte de lo que propones aunque creo que la filosofía jhuega un papel importante sobre todo en aquello que se deriva de la ciencia. El científico ghace filosofíoa cuando evalúa las consecuencias de sus resultados.
    Pero no se sostiene la antigua filosofía que pretendía explicar el mundo material o la mente con discursos, a menudo oscuros, cuando no faltos de significado (el ejemplo de la burla de Sokal es de lo mejor que se ha visto). Creo que la filosofía hoy tiene que tener una función más de control sobre los conocimientos, que tratar de explicar cosas. Para eso ya está la ciencia y parece que es bastante más eficaz. Varios siglos de historia lo han demostrado.

  • No hay que tener arrestos. Para decir eso hay que ser un simple y un indocumentado.

  • La palabra filosofía ha adquirido tal polisemia que primero hay que aclarar a cual de sus muchos sentidos nos referimos.
    En sentido estricto se refiere a los textos que nos legaron los antiguos griegos y a los desarrollos posteriores que se consideran más o menos seguidores de aquellos. A ello me refiero cuando digo que fue un callejón sin salida de la historia del pensamiento humano y que, por tanto, es una rémora histórica.
    Luego hay un sentido más lato de la palabra, como reflexión teórica general sobre las últimas causas, etc. Así, se llega a hablar de “filosofia de la ciencia” cuando sería menos confuso hablar de “historia de la ciencia” o de “análisis del método científico”.
    La polisemia es una parte inevitable del lenguaje pero no ayuda a deslindar los campos. Los métodos filosófico y científico son incompatibles pero en la universidad persisten numerosas contaminaciones filosóficas de los planteamientos científicos.
    Pongamos un ejemplo. Hace unos años, con Humberto Eco como abanderado, surgió la Semiótica con ambición de constituirse en la teoría científica de la Comunicación. Pero las raíces de la Semiótica no estaban en la investigación científica sino en la elucubración filosófica y pronto acabó dando vueltas sobre su propio ombligo. Humberto Eco fue el primero en advertirlo y dedicarse a escribir novelas, aunque la Semiotica conserva las cátedras que fueron creadas al calor de su primer auge y mantiene una notable actividad de congresos y publicaciones.

  • Muy bien copiado.

  • Sokal no es francés, es estadounidense. Por lo demás, muy buen artículo.

  • nice article and nice blog

  • Agreed A fin de cuentas, los políticos no son otra cosa que gente normal que sigue considerando que es un sacrilegio no conocer a Proust pero que en cuanto les preguntas cualquier cosa sencillita de ciencias recurren a aquello de “es que yo soy de letras”.

  • Pingback: El Blog de Evolutionibus » ¿Puede dedicarse el día de las letras canarias a un científico?

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