Gorroneando genes para comer sushi

Discovermagazine.com publica un libro, creo que todos los años, con los mejores post del blog. En el OpenLab 2010, que así se llama, se encuentra una historia apasionante sobre ladrones de genes y sushi.

Los japoneses poseen una especial capacidad para digerir ciertos polisacáridos procedentes de un alga, Porphyra, muy utilizada en el nori, esa hoja que envuelve al arroz en el sushi. Estos polisacáridos, porfiranos, son muy ricos en azufre y, por su propia naturaleza, poseen un poder energético que, de otra manera, no podría ser aprovechable.

Nori. http://es.wikipedia.org

Nori.

Las bacterias poseen la capacidad de captar genes del medio externo, aunque no sean suyos, una propiedad muy útil que se llama transformación (la resistencia a los antibióticos, por ejemplo, se debe a ella). En 2001 se descubre la bacteria oceánica Zobellia galactanivorans, que se alimenta de algas, a las que se ve enseguida como vía de entrada de aquella al intestino .

Al secuenciar Zobellia se vio que posee no menos de cinco porfiranasas desconocidas hasta el momento capaces de romper estos típicos polisacáridos (agares y carragenatos, además usados en la industria alimentaria como gelificantes). Se encontraron, además otros seis genes: cinco que proceden de otras bacterias marinas y un sexto, y ahí la sorpresa, que se encuentra también en la bacteria intestinal Bacteroides plebeius. Surgió una pregunta al momento: ¿Qué estaba haciendo un gen oceánico en una especie no relacionada?

Jan-Hendrik Hehemann, uno de los autores del estudio publicado en Nature, comparó además el contenido de B. plebeius en los intestinos de 13 japoneses y 18 estadounidenses. Todos los japoneses poseían signos de porfiranasas mientras que ningún norteamericano poseía rastro de ellas. Algo que se explica por el hecho de que el nori ha sido el único alimento ingerido por el hombre que posee porfiranos.

Así que el camino, al parecer, que han seguido estos genes oceánicos para llegar a parar a los intestinos de los japoneses parece haber sido la ingestión del nori con sus pasajeros incluidos, teniendo lugar en el intestino la transferencia de genes. Es más, parece que B. plebeius tiene una especial afición a gorronear genes de bacterias marinas: su genoma es rico en genes que parecen más directamente relacionados con bacterias marinas que con sus compañeras intestinales.

Una dieta tan especializada como la que contiene nori ha dado lugar a una adaptación que conlleva la posibilidad de poder aprovechar la energía de los porfiranos, algo que el resto de humanos no podemos hacer (por ejemplo, las gelatinas de muchos alimentos, como mermeladas y helados, son indigeribles). Los autores sugieren que se deberían buscar más casos como este. Dicen que, desde el comienzo del cocinado de alimentos y de la agricultura, y sobre todo, con la hiperhigienizada dieta occidental, esta transferencia de genes podría haberse detenido (actualmente el nori se cocina antes de usar, por lo que la transferencia es casi testimonial). Una manera de rastrear esta transferencia de genes es secuenciando más bacterias intestinales y, así, sabremos si han tenido algo que ver en nuestra evolución.

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