La mente del “Homo sapiens”

La mente del “Homo sapiens” es un libro escrito por Manuel Martín-Loeches (aquí una entrevista) en el que se hace un repaso amplio a los últimos descubrimientos y conclusiones de la neurobiología. El objetivo final del libro sería contestar a la pregunta ¿Qué nos hace humanos?, qué nos hace diferentes al resto de animales y al resto de primates que, aún por su enorme proximidad genética a nosotros, se encuentran a una distancia insalvable.

Martín-Loeches recalca repetidas veces a lo largo del libro la idea de que, la principal causa de nuestra “humanidad” es el tamaño del cerebro, aunque no en sentido estricto:

“(…) somos humanos porque ha habido un aumento de volumen de nuestro cerebro, con el consiguiente aumento en el número de neuronas y de sus conexiones. Este aumento, además, ha sido mayor en unas partes del cerebro que en otras, lo que ha conllevado una reorganización interna del mismo (…)”

O también, en otra parte:

“(…) un cerebro más grande es un cerebro más inteligente. Y lo es, entre otras cosas, porque tiene más neuronas. Es, por tanto, un cerebro que permite una mayor capacidad de memoria operativa.”

La memoria operativa almacena temporalmente la información y la manipula de modo que se hace imprescindible para tareas como el razonamiento y el lenguaje. Se menciona una frase muy clarificante a este respecto en el libro: “¿Has entrado alguna vez en una habitación y olvidado completamente para qué habías entrado? Así es como pasan su vida los perros“. Para algunos autores, Coolidge y Wynn, una única mutación habría aumentado la capacidad de memoria operativa en nuestra especie.

memoria operativa

La memoria operativa

Otro de los capítulos interesantes es el encargado de interpretar el origen de la religión. Esta no sería más que un subproducto derivado de la actividad de nuestro cerebro. Una consecuencia lógica del pensamiento humano que busca causas y agentes causales para los fenómenos que se le presentan. Como Martín-Loeches dice, nuestro cerebro es un perfecto “detector de agentes“, dar respuesta a quién hizo qué, de modo que la tendencia a buscar agentes en nuestro pensamiento es tan grande que, cuando no los hay o no los encontramos, simplemente se inventan.

La razón por la que la religión se ha mantenido desde que comenzó, al menos una de ellas, es que nuestro cerebro tiene una gran necesidad de ser sobreestimulado. Las historias que cuenta la religión son perfecta para ello: hablan de hechos, seres, fenómenos, que llaman nuestra atención y sobreestimulan nuestro cerebro, que pide más y más: “Las historias insulsas o muy cotidianas no tienen el menor interés, pero sí aquellas que puedan recibir el calificativo de extraordinarias“. El gen VMAT2, con variantes que implican la expresión diferencial de monoaminas, mediadores de la transmisión del impulso nervioso, tendrían que ver también con la susceptibilidad a la sugestión y a la espiritualidad. Es esta, de todos modos, una propuesta no consensuada y altamente criticada, al menos como causa única. El efecto placebo sería también una consecuencia de la susceptibilidad a la sugestión que se ha mantenido porque “el efecto placebo facilita la vida“.

Entre las constantes del pensamiento religioso está la invención de seres sobrenaturales que, a pesar de conservar aspectos que les asemejan al ser humano (quizá una prueba de que son producto de nuestra invención) también violan algunas leyes de la naturaleza. Las leyes que se violarían serían las de la física, la biología y la psicología (en palabras de Martín-Loeches). Así, la mezcla de ambos aspectos, humanidad y violadores de las leyes de la física, la biología y la psicología, da lugar a los seres sobrenaturales de todas las religiones.

Martín-Loeches se plantea una pregunta muy interesante a este respecto: ¿por qué de todas las posibles variantes de creencias religiosas, sólo cierto tipo de ellas son las que permanecen? Se trata, al parecer, de una pregunta que aún no tiene una respuesta clara, aunque algunos trabajos van arrojando luz sobre el tema. El ejemplo “barra de pan que adivina el pensamiento” no tendría éxito nunca; por otra parte, a nadie se le ocurre pensar que un ratón pueda ser aplastado y luego sobrevivir sin más, como Mickey Mouse hace en las historias. Mickey Mouse o la barra de pan nunca serían dioses ni entidades sobrenaturales.

Ilkka Pyysiäinen, autor del libro “How religion works“, apunta en este sentido, que para decidir qué es y qué no es un hecho religioso lo importante sería el consenso dentro del grupo. Quizá, lo que se ha apuntado muchas veces que, como en tantas otras cuestiones, la religión actúa de punto en común y de identidad dentro de los grupos, que los distinguiría de otros. Daniel Dennett apunta también que la religión podría “producir confort, explicar algunos fenómenos y facilitar la cooperación entre los miembros del grupo” y se opone a la idea de que las ideas morales proceden de las religiones.

Al final de este capítulo dedicado a la religión hay un párrafo que quería resaltar. Martín-Loeches menciona unas ideas del neurofisiólogo Francisco Rubia, que afirma que “para el creyente es importante saber que existen en su cerebro estructuras que hacen posible este tipo de experiencias. Puede atribuir estas estructuras a la previsión divina que hace posible la comunicación con la divinidad. (…) Para el no creyente, estas estructuras serían las responsables de la creencia en seres sobrenaturales, que no serían otra cosa que proyecciones al mundo exterior de nuestro cerebro. (…) El científico no debe entrar en estas consideraciones que son la consecuencia de una opción personal e íntima“.

Martín-Loeches en su conclusión, escribe:

“(…) el que haya áreas de nuestro cerebro que me permiten ver los árboles, el cielo o las personas (…) no significa que los árboles, el cielo o las personas sean un mero producto de mi cerebro. Porque los árboles, el cielo y las personaas existen realmente … ¿o no?”

¿Son comparables ambas percepciones?

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