razas humanas

Sobre las razas

Estoy con la tesis que Gabriel Andrade expone en “Las razas humanas, ¡vaya timo!“: las razas humanas, como un paquete genéticamente estanco y claramente diferenciado de otras razas, no existen como tal. Aun refiriéndonos exclusivamente al color de la piel (porque suele tratarse de este tipo de rasgos visibles y claramente catalogables de lo que hablamos cuando popularmente se quiere definir a una raza), encontraríamos serios problemas, porque los extremos de cada una de las razas se confunden con los extremos de las otras.

Los que defienden la existencia de razas tienen un serio problema de concepto (o los demás no entendemos a qué ellos llaman razas), porque lo que hacen primero es asignar arbitrariamente la pertenencia a una raza (a partir del color de la piel, cómo no), y luego ir introduciendo en cada una de esas razas, a modo de saco, los rasgos que la genética va descubriendo que los hace diferenciales, obviando los que son comunes con las demás razas (la inmensidad de ellos, hasta que se demuestre lo contrario). Y el problema, rescatando el inicio de la frase anterior, es que tenemos unas cuantas decenas de miles de genes (quién sabe en cuántos rasgos genéticos se traduce esto) de modo que ¿alguien puede decir seriamente que una raza puede ser estanca respecto a las demás? ¿Cómo definimos a cada raza? ¿Por qué elijo unos caracteres genéticos y no otros para definirla?

Claramente, hemos de distinguir a los que hablan de razas en el sentido poblacional del término, con sus diferencias génicas con otras poblaciones, que nadie puede negar que existan, de los que hablan de razas pretendiendo acotarlas claramente y, en el peor de los casos, jerarquizarlas en unas “mejores” que otras (normalmente en cuestiones intelectuales o deportivas). Estos últimos, como cuenta y explica de modo excelente Andrade, suelen unir indisolublemente cada raza a su cultura. Por ejemplo, para estos últimos, el hecho de que una chica de padres inmigrantes de algún país de cultura musulmana vista un burka es una prueba de su diferencia genética (y pertenencia a otra raza) y no una consecuencia de su “cultura”. Habría que explicar entonces qué pasa con los occidentales (hombre y mujeres) “de pura cepa” que hoy sabemos que se están uniendo al lamentablemente famoso Estado Islámico: ¿han cambiado su composición genética? ¿No sería capaz de cambiarla también la muchacha del ejemplo? ¿O es realmente el entorno cultural el que marca la diferencia?

Dice Adam Rutherford en “Por qué el racismo no está respaldado por la ciencia“:

“Ahora sabemos que la forma en que hablamos sobre la raza no tiene validez científica. No existe una base genética que se corresponde con ningún grupo particular de personas, sin ADN esencialista de los negros o los blancos o cualquier persona. Esto no es un ideal hippy, es un hecho.”

Entiendo, por supuesto, que defender la existencia de razas no implica ser racista, pero me inquietan afirmaciones como las de Nicholas Wade en su libro “Una herencia incómoda” (que me acabo de comprar y aún tengo sin leer, aunque el primer capítulo se puede leer íntegro) cuando dice: “El racismo y la discriminación son censurables por cuestión de principio, no de ciencia“. Pues me da la impresión de que el racismo sí es censurable (y falso) por principio y por razones científicas, ni más ni menos. Si censurar el racismo es una cuestión de fe, como creo entender que Wade afirma (y hay que decir que ya en el primer capítulo de su libro él mismo se desmarca claramente de posiciones racistas), no hay razón alguna para no tener en cuenta a las personas que no tengan esa creencia y, por lo tanto, dejarlas llevar a cabo sus programas ideológicos en sus respectivos entornos, porque no todo el mundo tiene por qué creer los mismos principios y todos podrían ser respetables, salvo que las leyes lo impidan. Y las leyes se pueden cambiar.

Volviendo al libro de Andrade, me ha gustado especialmente un aspecto que muchos pasan por alto en nuestro tiempo, y es el asunto de la multiculturalidad. Afirma Andrade que las ideologías que favorecen esta idea de la multiculturalidad (que muchas veces se plasman en legislaciones) tienen un basamento muy parecido, sino igual, al del racismo. Dice: “Varios de los postulados de las políticas de identidad terminan por parecerse mucho a los postulados del racismo científico, probablemente sin que ellos mismos se den cuenta“. Ciertamente, los multiculturalistas están más pendientes de las diferencias entre “razas” o culturas que en las semejanzas y, lo que es peor, todas las diferencias, para ellos, son igual de válidas. Andrade nos recuerda que estar contra el racismo no implica caer de cabeza en el relativismo cultural y que, aunque suene extraño, una práctica cultural puede tener más valor moral que otra (por ejemplo, dejar que una mujer tenga su propia imagen y no se vea obligada a ocultarla tras un burka) o que una creencia pueda ser más verdadera que otra (por ejemplo, el chamanismo frente a la medicina basada en la evidencia). Recientemente, hemos tenido un ejemplo en nuestro país y hemos visto como se ha anulado la prohibición del uso del burka por razones religiosas (aunque sospecho que la prohibición original nada tenía que ver con los derechos de la mujer).

Andrade se extiende mucho más por varios aspectos relacionados con las razas y el racismo. Aunque algunos puntos que trata no me acaban de quedar claros (por ejemplo, algunas cuestiones sobre la eugenesia que comenta me parecen un poco confusas) pero el libro está lleno de historias de la ciencia y de datos muy interesantes que, en general, suelen ser desconocidos.

Actualización 21 de Septiembre de 2015: publicada la reseña de “Una herencia incómoda” de Nicholas Wade.

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