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“Una herencia incómoda”: sobre las razas, de nuevo

Del libro de Nicholas Wade “Una herencia incómoda” ya se ha hablado mucho. En esencia, se defiende la postura de que la ciencia se haya en el trance de demostrar que existen razas claramente distinguibles unas de otras, en su fisiología y aspecto y, lo que es más controvertido, en su comportamiento social.

Wade afirma que la postura extendida entre el mundo científico de que las razas son un constructo social no es más que una postura políticamente correcta y que la ciencia ha venido a demostrar que no son tal construcción artificial sino que, de hecho, existen razas. Esta postura es la que se defiende en este otro libro, reseñado aquí mismo).

No voy a ser yo quién le niege a Wade toda la evidencia que aporta, pero cuando en sus primeras páginas él mismo afirma en su introducción que la mitad de su libro es especulativo, la cuestión empieza a alarmarme. Que uno defienda tajantemente una postura y a continuación aclare que lo hace a base de especulaciones no es muy tranquilizador. Por más que especular sea sano, si la especulación se toma como prueba de veracidad, lo que Wade defiende empieza a perder credibilidad.

Vaya por delante que no tengo ningún problema en admitir las diferencias entre seres humanos, incluso con la existencia de razas. Como comenta Wade en varias ocasiones, a los forenses les va muy bien con las características raciales a la hora de asignar cadáveres a una u otra raza. La diversidad humana es un hecho, igual que la evolución, y se pueden hacer grupos de población en los que determinados alelos tengan frecuencias características respecto de los de otras poblaciones, pero dentro de cada población encontraremos individuos o subgrupos en los que las frecuencias de esos alelos sean las mismas que las de otra población. Entonces, ¿a qué población/raza los asignaríamos?

Algunos de los ejemplos que utiliza Wade (y el libro está plagado de ellos) son especialmente curiosos. Así, cuando dice que hasta la industrialización, los hijos de los ricos tenían muchos hijos y que algunos de ellos caían en clases más pobres, pero que esto hacía que llevaran con ellos sus “genes que sustentaban los comportamientos útiles para acumular riqueza“, que es como decir que las clases pobres de la época de la revolución industrial, sometidas a todo tipo de penurias por las clases altas, y a los que se negaba casi cualquier derecho, se convirtieron en clases medias gracias a los ricos y su inyectada herencia genética.

Otra afirmación discutible es cuando dice que si los rasgos del color de la piel están sometidos a evolución, los comportamientos también han de estarlo. Ciertamente, no podemos negar que el comportamiento evolucione, pero de una manera bastante más compleja que el carácter “color de la piel” y con una intervención clara y manifiesta de elementos culturales. La evolución de ambos fenómenos no es comparable.

Pero mi pasaje favorito es el siguiente. Para Wade, la acogida del telescopio tras su invención es característica de cada tipo de civilización. En Europa, se utilizó inmediatamente para explorar los cielos; el mundo musulmán fue acogido con indiferencia y no se le dio uso en astronomía prácticamente; en cuanto a los chinos, estos estaban más interesados en la adivinación  y en la predicción de condiciones favorables para ciertos acontecimientos. En palabras de Wade: “tanto China como el mundo musulmán adolecían de un déficit de curiosidad acerca del mundo natural” y concluye que la recepción del telescopio puso de manifiesto diferencias en el comportamiento de estas civilizaciones. “Las sociedades europeas eran innovadoras … miraban hacia adelante y estaban interesadas en desarrollar y aplicar nuevos conocimientos, y eran lo suficientemente abiertas y plurales para impedir que el viejo orden suprimiera al nuevo“. China y  el mundo islámico estarían demasiado subordinadas a estructuras religiosas y otras jerarquías como para permitir el librepensamiento.

Aquí lo que se está sugiriendo es que es la estructura genética de esas civilizaciones la que las hace diferentes. Solo uno o dos siglos antes, Europa estaba sumida en la oscuridad científica, con las autoridades cristianas prácticamente obstaculizando toda innovación científica: ¿de verdad en ese corto período de tiempo ha podido haber un cambio genético tal que toda Europa se convirtiera en el paraíso del libre conocimiento (cuando, de hecho, Europa en esas fechas seguía siendo un lugar bastante poco igualitario en casi cualquier aspecto)?

La supuesta causa de esta aparente falta de curiosidad y de talento innovador de las civilizaciones chinas y musulmanda de esa época podría ser exactamente la misma que la que había en Europa poco tiempo antes (e incluso en esas fechas y posteriormente): las autoridades religiosas y políticas que veían peligrar su autoridad con el auge del conocimiento científico que se iba acumulando inexorablemente. La razón por la que Europa supo superar este gran escollo y no así las demás civilizaciones es algo bastante complejo de explicar (yo, desde luego, no lo haré), pero la cultura de la ilustración, fenómeno que solo tuvo lugar en la civilización occidental, ha tenido, seguro, mucho que ver.

Esta falta de curiosidad de mantendría hoy día, pues las razas/civilizaciones siguen estando caracterizadas genéticamente. La pregunta que surge al instante es cómo es posible, entonces, que individuos no occidentales que emigren a esta parte del mundo, pueden ser tanto o más productivos en aspectos científicos y en todos los demás como los propios occidentales.

El libro, fácil de leer, tiene gran cantidad de datos y de referencias a investigaciones sobre la genética poblacional humana. Hay una transversalidad importante con temas de historia y economía. Por lo tanto, se debe leer si uno está interesado en estos temas, aunque otra cuestión es que la tesis central quede demostrada. A mi no me lo ha parecido.

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